Saturday, December 24, 2011

Al doblar la esquina...


Lo seguía a una distancia prudencial. Sin respirarle en la nuca, pero tampoco a una cuadra. ¿Veinticinco metros? Quizás.
Al principio eran treinta pasos, pero con el correr del tiempo no pude mantener exactamente la misma separación. Caminaba con trancos mas grandes que los míos, por la altura, me llevaba como quince centímetros, por lo que me obligaba a llevar un ritmo mayor. Para ser precisos, creo que dos pasos de él eran equivalentes a dos pasos tres cuartos míos. Bueno, mi obsesión está dando a luz parece.
Para calcular la distancia exacta yo fijaba mi vista en los rombos de su camisa, cuando se desfiguraban, significaba que se estaba alejando y me apuraba, si se veían mas nítidos significaba que me estaba acercando y retrasaba el paso.
El problema era cuando doblaba en una esquina, porque allí me obligaba a correr para no perderlo, pues podía entrar en alguna casa de la vuelta, tomarse un taxi, un colectivo o perderse detrás de un arbol.
Fue cómico cuando al doblar en una esquina me apuré para no perderlo y me lo choqué al dar la vuelta porque se estaba atando los cordones. Fue tragicómico y peligroso.

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